jueves, 15 de diciembre de 2011

PAN PARA HOY, HAMBRE PARA MAÑANA


El Génesis relata la historia de dos hermanos gemelos Esaú y Jacob, hijos de Isaac y Rebeca. Durante el parto, Esaú fue el primero en salir del vientre de su madre, eso lo convirtió de inmediato en el primogénito y heredero de la doble porción de todas las posesiones de su padre. Desde chico le gustaba la caza y el trabajo en el campo, mientras su hermano menor, Jacob, tenía dotes de chefs y prefería permanecer en casa preparando deliciosos manjares. Cierta tarde Esaú llegó hambriento y cansado de labrar la tierra, su hermano había preparado un guiso de lentejas y el aroma le hizo agua la boca. Solicitó a Jacob un poco de aquel caldo y el muy astuto engañador accedió con la condición de que le regalara su primogenitura.



Esaú no lo pensó mucho, vio como inservible ese derecho, su necesidad apremiante era saciar el hambre que lo consumía y en palabras bíblicas “despreció su primogenitura”.


Generalmente estamos tan distraídos y ocupados que ni siquiera nos fijamos en las bendiciones que Dios nos da cada día. Somos tan malagradecidos e indiferentes que nos enfocamos en lo que nos falta, restándole valor a lo que tenemos. Hemos desarrollado un apetito compulsivo por satisfacer los deseos aquí y ahora, de forma inmediata, que despreciamos los beneficios que aporta cultivar la gratitud. Si Esaú hubiera valorado su herencia, habría alcanzando todos los beneficios perdurables que por derecho le correspondían.


¿Acaso se come sólo una vez? él volvería a tener hambre, pero su urgencia por satisfacer esa necesidad le nubla el entendimiento y toma una mala decisión. Después de llenar la panza es cuando reacciona y se da cuenta del mal negocio que hizo. No razonó las consecuencias de menospreciar su primogenitura y aunque después la procuró con lágrimas no la pudo tener.


Por lo regular, hay cristianos que después de ceder a la tentación sienten profundo arrepentimiento, es bueno y necesario arrepentirse a tiempo, para evitar que el pecado acabe con lo más valioso que tenemos.  Sin embargo, hay personas que hacen del pecado un hobby, no sienten temor de Dios y coquetean con la tentación afianzados en la excusa satánica de que hay sólo una vida y una oportunidad. Así son engañados y entrampados en sus propias pasiones, siendo incapaces de confiar en aquel que limpia y purifica con su sangre, despreciando su Salvación.


Enumera tus bendiciones (salud, familia, techo, trabajo, …) y verás como la mano de Dios te ha favorecido. Abandona la indiferencia, valora todo lo que tienes. El que menosprecia va camino al pecado de Esaú, se queda sin bendición y abre paso a la amargura.   


Antes de tu bendición siempre vendrá la tentación disfrazada de lo que aparentemente necesitas. Satanás tentó a Jesús antes de iniciar su ministerio, se aprovechó de su necesidad de alimento y lo sedujo en medio de su ayuno de cuarenta días proponiéndole poner a prueba su poder para vencer el hambre. Jesús le respondió: "Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios" (Lucas 4:4)


El hambre puede ser física y espiritual, Jesús en ese momento se estaba alimentando espiritualmente y por eso supo reconocer las celadas del tentador y las resistió. Cuando oramos, leemos la biblia y meditamos en las enseñanzas del Maestro, podremos olfatear como un sabueso las trampas y esquivarlas, gracias a la sabiduría que proviene de lo alto.


Antes de conocer el amor verdadero, llegará alguien a distraerte y sacarte de la senda que Dios marcó para ti. Antes de abrirse la puerta que te traerá beneficios, ya se habrá abierto otra que no te conviene para confundirte. Antes de ser promovido, prosperado, exaltado vendrán pensamientos de duda, temor y desconfianza.


No cambies tus bendiciones por un plato de lentejas. Todos somos tentados según nuestras debilidades. El secreto para resistir es conocerte a ti mismo. Admite qué te causa fascinación o te atrae, al reconocer tus concupiscencias (apetito desordenado de placeres sensuales) o deseos más urgentes podrás estar alerta ya que es precisamente por ahí donde serás tentado.


Nunca se llega al pecado sin haber perdido antes la batalla frente a la tentación. ¡Aprende a reconocerla, y apartarte de ella!









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