miércoles, 18 de enero de 2012

EL PODER DE LA GRATITUD


Seguramente con frecuencia escuchas frases como: “Ni las gracias me dio”, o “De malagradecidos está lleno el mundo” La falta de agradecimiento es una de las actitudes humanas que causa mayor indignación. Después que dedicas tiempo a alguien, le das cariño, atención, apoyo, lo instruyes, y por sobre todo, le concedes tu confianza suele suceder que el muy ingrato te paga con traición, indiferencia y olvido. El escritor español Miguel de Cervantes expresó: “Poco bueno habrá hecho en su vida el que no sepa de ingratitudes”. Es vergonzoso confesarlo, pero todos alguna vez o la mayor parte del tiempo somos malagradecidos.

Piensa, cuando recibes el beso de tu cónyuge e hijos, la atención de un amigo, la comida caliente servida por mamá, un favor inesperado, el cafecito recién colado,  un regalo, un halago, un abrazo, una sonrisa…¿se te ha olvidado agradecer?  

Pasamos por alto lo bendecidos que somos cada día al considerar todas éstas cosas hechos cotidianos, y los disfrutamos, pero lastimosamente olvidamos agradecer a aquellos que hicieron posible ese bienestar.

Cuenta la biblia que estando Jesús en una aldea cercana a Jerusalén diez leprosos se le aparecieron en el camino y le suplicaron por misericordia y sanación. "Cuando Él los vio, les dijo: Vayan y preséntense ante el sacerdote. Y mientras iban, fueron limpiados. Entonces, uno de ellos viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:11-19)

Este pasaje ilustra la actitud ingrata de la mayoría de los seres humanos. Eran diez hombres, aislados por su enfermedad, los miembros de su cuerpo putrefacto se caían a pedazos, esperaban la muerte y al encontrarse con Jesús recibieron sanación. Pero sólo uno regresó a ofrecer gratitud y glorificar su nombre.

Los nueve ingratos obtuvieron sanidad por su obediencia, pero dejaron de recibir el regalo de la Salvación al olvidarse de darle gloria y honor a Dios. Tan sólo aquel extranjero escuchó a Cristo decir: _ “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.

Ser agradecidos trae grandes bendiciones, al tener conciencia de que Dios provee nuestras necesidades: “Toda buena dádiva y todo don perfecto proviene de lo alto, del Padre de las luces…” (Santiago 1:17) desarraigamos el orgullo que nos hace creer que somos auto-suficientes y demostramos humildad de corazón. La que tanto agrada al Señor.

Lo más valioso que tenemos no lo compramos en el mercado, es por Su gracia y Su amor inmerecido que lo disfrutamos. Nunca es tarde para expresar agradecimiento. Seguramente hay mucha gente que contribuye con tu bienestar, con una sonrisa y un te quiero inflarás sus corazones como un globo de helio puro y ten por seguro que siempre estarán ahí para ti.

Si cada mañana al despertar decimos: “Gracias” una energía sobrenatural nos envolverá de la paz que sobrepasa todo entendimiento.

¡Querido lector... Gracias!

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